viernes, 9 de noviembre de 2012

Él. Ella. Ellos ciegamente.

Se hacia la ciega, la sorda la muda…
No quería ver ni oír a nadie y le atemorizaba soltar una palabra.

Todos la advertían, intentaban ayudarla, pero la venda que tapaba sus ojos era demasiado grande.

Ella creía vivir en un cuento de hadas en el que el príncipe intentaba que fuera mejor princesa.
Él sabia como jugar sus cartas, sabia manipularla y hacerle creer que la culpa de todo era solo suya.

Cada día se sentía mas cansada, mas hundida y humillada, pero le quería y no pensaba que él hiciera nada malo, quizás ella no hacia bien las cosas, estaba convencida de que se lo merecía.

Se miraba al espejo y no se reconocía. Su cara estaba llena de cicatrices y de heridas aún hinchadas. Sus amigos la advirtieron, ella no los escuchó.

Él llegó a casa, cansado, malhumorado, sediento de placer.

Ella no quería complacerle, pero como otras tantas noches se vio obligada a dejarse hacer.

Él la agarró fuerte.

Ella quiso soltarse.

Él la cogió del cuello y golpeó su cabeza contra la pared.

La sangre cobró vida y empezó a salir del cráneo de esa pobre mujer.

Ella murió en aquel mismo instante.

Él aseguró que aquello fue un accidente.

Él siguió su vida mientras ella dejaba este mundo por haberle querido ciegamente.

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