miércoles, 4 de febrero de 2015

Ojos que devoran

Recuerdo el día en el que te cruzaste en mi camino y tus ojos me devoraron. 
Nunca nadie había conseguido provocarme de esa manera, era algo mágico, irracional e incluso seductor. 
Algo que todo el mundo debería experimentar en algún momento de su vida, dejarse comer por unos ojos.

Aquel mismo día fue cuando empecé a tener miedo de que mis manos fueran demasiado pequeñas para recorrer tu cuerpo o de que mis ojos fueran demasiado minúsculos como para que pudieses perderte en ellos.

Yo quería darte lo que tú pidieras pero sabia que la única forma de que tú me dieras lo que yo deseaba era dejarte ver como era en realidad. 
Y toda esa realidad estaba escrita en mi piel, en cada poro. 
Así que me armé de valor y me desnudé. 
Tus ojos me miraban fijamente con deseo.

No dejamos de mirarnos ni un solo momento, ni siquiera cuando tú empezaste a quitarte la camiseta para dejar tu pecho al descubierto y envolverme con tus brazos. 
Conseguiste que me sintiera como en casa.

Hicimos el amor de una manera diferente, llena de pasión pero con mucha ternura. 
Lo hicimos hasta que salió el sol reclamando nuestra atención, pero nosotros estábamos demasiado ocupados provocándonos sonrisas como para darnos cuenta de que él ya había llegado.

Después de aquel día desapareciste pero dejaste grabados en mi aquellos ojos devorandome sin miedo, sin condiciones.

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